El árbol de los vientos

El viento corría furioso, como su propia naturaleza le obliga a hacer. Bramaba, silbaba, alborotaba, alteraba, empujaba, soplaba con la bravura que solo las corrientes calientes son capaces de moldear al conjugarse con las frías. Era como si el aire se encontrase en un estado de agitación, de euforia sin un ápice de contención.

Era por ello, a lo mejor, que el cielo se había vestido de un rojo vivo, falso y artificial. Las nubes, impelidas por aquel viento de fuerza desmedida, se empeñaban en ganar reflejos, acaparar rayos de sol y colores encendidos. Se reflejaban en el mar, oscuro y casi tenebroso, rizado con millones de caracoles de salitre que salían despedidos hacia las alturas en cada ola, imponentes, pausadas pero al mismo tiempo terribles.

La hierba que tapizaba el borde del acantilado se agitaba sacudida sin misericordia. Aquel aire terrible parecía dispuesto a arrancar cada brizna, pero el verde se resistía y bailaba alocado, conmocionado ante los embates. Volaban las hojas de los arbustos, las florecillas indefensas, las ramas arrancadas sin miramientos...

Rugía el viento, siseaba el mar embravecido, susurraba en voz alta la hierba. Mas aquel árbol, un tamarindo solitario, permanecía inalterado. Asistía al espectáculo impertérrito, como si el escenario fuera otro, como si la furia de Eolo no fuese con él. Hacía años, décadas, que había aprendido a capear el temporal. Desde que era apenas un brote decidió que lo mejor sería no luchar, decirle al viento que, de acuerdo, se doblegaría ante su poder. Y así, su tronco había perdido la verticalidad, se había inclinado y hecho gala de una flexibilidad extrema. Tanto era así, que su cabellera verde y rizada casi se apoyaba en el suelo, sus ramas parecían tallos rastreros a punto de enraizar, su figura desmadejada parecía envalentonar al viento.

Pero, en contra de lo que pudiera parecer, lejos de lo que el forzudo aire quisiera pensar, aquel árbol no se había doblegado. Nada más lejos de la realidad. Supo desde un principio que la única forma de resistir era aquella, que tenía que amoldarse al lugar elegido por su semilla, que el único camino hacia la supervivencia pasaba por la acomodación. Y así lo había hecho.

Ahora, inamovible y bien plantado, amaba los días ventosos que daban sentido a su figura retorcida y torturada, disfrutaba de aquellos días porque el viento nada podía contra él, porque sabía que había triunfado. 

Autoría: Argiñe Areitio.

3 comentarios:

  1. Preciosa descripción de un día ventoso en todo su esplendor, una sensación real de estar allí; coges todos los detalles.
    Y luego la acomodación, eso tan difícil, del que no puede vencer por la fuerza pero si por su resistencia y tenacidad. Ahora le llaman resiliencia, que palabra más horrorosa, me gusta muchísimo más como lo describes tú.

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  2. Escribo porque te leo, Argiñe.
    Esa fuerza en los textos que hace la lectura un paseo es para mí, amante como soy de la poesía, todo un placer. Y un empujón para seguir intentándolo
    Me dicen en los talleres que hay que economizar el texto, intentar el mensaje corto, todo muy expeditivo
    Tus textos me recuerdan siempre que leer también es recrearse y que lo corto a veces es largo y lo que parecería largo de hace corto de puro amable y bonito que te ha quedado oyes .....
    Lo dicho, hermoso

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  3. Eskerrik asko a los dos. Yo pienso que las palabras son para jugar, para expresar . A veces hay que ahorrar, sí, pero en otras ocasiones hay enfatizar, cargar (en su medida) con palabras que arrastran sentimientos. Claro que todo depende de lo que queramos expresar. Tampoco hay que ser barroco en exceso. El objetivo es sentirse a gusto, expresar lo que se quiere expresar y con la fuerza que se merece, y por supuesto, llegar a quien lo lee, que sea partícipe de esas sensaciones. Me alegra haber provocado esos sentimientos en ti. ¡Objetivo cumplido!

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